Isabel se despertó una mañana de diciembre. La luz entraba por la ventana. Estiró la mano y rozó el hombro desnudo de Jorge. Se giró para ver cómo despertaba. Todo había ido tan rápido, y ahora se iban juntos a iniciar una nueva vida en su tierra.
Recordó cuándo hacía unos meses se había mudado a ese piso. Llena de esperanza ante la idea de alquilar un piso ella sola, con paredes y todo, y salir de aquel inmueble inmundo de vecinos hostiles que, sin motivo, le hacían la vida imposible, aporreando la puerta a las 3 de la madrugada, amenazándola al pasar por su puerta, con porras militares, metiendo notas obscenas en el buzón o rompiéndole huevos en el felpudo, y ese casero que siempre se ponía de parte de cualquiera que no fuese ella, aunque afirmase lo contrario, y la trataba con aquel tono paternalista, escupiendo al hablar, que había llegado a detestar.
La primera noche que pasó en su piso, éste estaba lleno de bolsas, cajas y trastos por todas partes, que los amigos le habían ayudado a llevar en los días precedentes. El termostato marcaba 16 ºC , pero no se preocupó, después de dos años sin calefacción, el frío no la importunaba. Además, este piso tenía una caldera enorme que ocupaba todo el espacio de la pequeña galería al otro lado de la cocina. Fue a encenderla como le había explicado la de la agencia, y creyó haberlo conseguido. Quitó las bolsas de encima de la cama lo justo para extender el edredón y durmió. Sin ruidos, sin portazos, sin insultos.
A la mañana siguiente, despertó con la nariz helada. La caldera seguía apagada. Empezó a preocuparse, pero era demasiado temprano. No había agua caliente, claro. Salió a una cafetería a desayunar y demoró el volver hasta una hora razonable. Era sábado y puente. En la agencia no había nadie. En el portal del edificio vio que trabajaban allí dos porteros, sus números de teléfono estaban colgados en el portal, pero no estaban disponibles ese fin de semana largo y festivo. Empezó a limpiar la casa y ordenar sus cosas y de ese modo entró en calor.
Al cabo de un rato, oyó ruidos en el pasillo y se asomó por la mirilla de la puerta. Los vecinos de enfrente estaban entrando en casa. Un matrimonio de unos cincuenta o sesenta años, él con vaqueros y jersey de lana, ella con un vestido largo y delantal.
Respiró hondo. No le quedaba más remedio que confiar en estos nuevos vecinos.
Abrió la puerta y se dirigió a ellos.
-Hola, me llamo Isabel, vengo de Santiago de Compostela y me acabo de mudar a este piso. Pero no sé cómo poner en marcha la caldera y hace frío. ¿Me pueden ayudar?
Él sonrió de oreja a oreja.
-Yo también soy gallego, llevo treinta años viviendo en Zaragoza; ésta -señaló a la mujer- es de aquí.
Enseguida entraron en su casa. Mientras el marido se dirigía a la caldera, explicando que tenían la misma edad que el edificio y que ese modelo ya no se fabricaba, la mujer miraba en torno suyo, apreciando los muebles, que según ella los inquilinos anteriores no tenían, y el desorden reinante. No ofreció su ayuda.
-Bueno, bienvenida -suspiró-. Éste -señalando al marido-, te ayudará.
Salió y se metió en su casa.
El marido ya estaba trasteando entre las válvulas que habían estado más de seis meses sin usarse, y el interior de la caldera. Hablando de Galicia, el verde paisaje y el mar, criticando el carácter maño y el calor del desierto. Isabel asentía y miraba lo que hacía, para aprender. Le pidió unas cerillas, que Isabel encontró en una de las bolsas sobre la encimera, todavía sin deshacer.
Un momento después, un chisporroteo azul y alegre anunciaba que la caldera comenzaba a funcionar. Antes de salir, dejó el agua corriendo para que se llenasen bien todas las tuberías. Se despidió dándole la bienvenida y ofreciéndose para lo que necesitase.
Durante los meses siguientes ya no volvió a ver a la mujer, salvo cuando volvió de vacaciones y les llevó una tarta de Santiago para agradecerles su amabilidad, y ella asomó de la cocina para coger la bandeja de cartón y darle las gracias. A él, en cambio, lo veía siempre, en el patio, en el portal, en el ascensor, en el pasillo, y él siempre se paraba a hablar con ella, decía que no tenía a nadie más con quién hablar de "su tierra". Hablaba durante horas y horas y ella no sabía cómo cortarle para hacer las cosas que tenía que hacer. Le daba miedo que se volviese rencoroso como los anteriores vecinos, aunque no se imaginaba a ese señor mayor insultándola como los quinquis de barrio del inmueble anterior. Sacudía la cabeza para alejar esas pesadillas y sonreía ausente, hasta que podía despedirse y entrar en su casa.
Luego conoció a Jorge y, cuando éste empezó a acompañarla a casa, nunca coincidía con el vecino.
En ese momento, Jorge abrió los ojos de golpe y al ver que le miraba, sonrió y se acercó para besarla. Al cabo de un dulce rato, se levantó para ir a buscar el desayuno y llevar las últimas bolsas a la furgoneta. Isabel se levantó, se dio una ducha rápida y se vistió con vaqueros y camiseta, se anudó el cabello en una coleta y se puso a hacer café. Oyó ruidos en el pasillo y fue a abrir, pensando que era su novio que volvía con los croissants.
Era el vecino, que salía de su casa, con zapatillas de caminar. Iba a cerrar, impaciente, cuando él se acercó, titubeante, extrañamente tímido, de manera que le era imposible volver a meterse en casa sin parecer grosera.
El se acercó, sin prisa, como siempre, con ganas de hablar.
-Hola, ¿vas a tu tierra por vacaciones?
-Eh.. sí, aún tenemos que preparar cosas, me lleva… -miró de reojo por encima del hombro de él, buscando a su novio-, bueno… feliz navidad a usted y a su mujer.
El la miró a los ojos, bruscamente decidido y firme y dijo:
-Nos hemos divorciado hace dos meses.
A ella se le cayó el mundo encima. "Oh, no, querrá contármelo", gimió para sus adentros.
-Vaya, lo siento… -dijo, mientras seguía buscando discretamente con los ojos una escapatoria, sin éxito.
-Sí, bueno, así que ahora estoy soltero también… una noche quedamos para tomar una copa cuando vuelvas después de navidad.
En ese instante, se oyó llegar al ascensor. Isabel suspiró.
-No voy a volver. Ya no estoy sola. Y nos vamos a Galicia a vivir.
Él pareció encogerse, dio unos pasos hacia atrás, mientras el joven alto, moreno, que acababa de salir del ascensor, con una bolsa de papel grasiento y dos cajas de cartón, entraba en la casa detrás de ella, y cerraba a su espalda sin mirar atrás.
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