sábado, 4 de junio de 2011

Un cuento sobre una traición

Cachorro
Perdonad este pelaje descastado 
este brillo es de tanto restregarme 
de la baba la rabia la patada.
Perdonad el mordisco por la espalda 
es mi ternura agreste solapada
pero ternura al fin (la única mía).
En verdad salí cachorro 
en la calle me hice perro.
(J. Cameron)


Dana era una perra de ciudad, fea, marrón, con el hocico negro redondo y grande y muy húmedo. En vacaciones de verano la llevaban sus dueños al pueblo, donde tampoco la dejaban correr libre por el campo, por miedo a los otros animales. Ahí la conoció Elena, en casa de los primos donde pasaba las vacaciones.

Elena nunca había vivido con animales y, antes de aquel verano, siempre parecía temblar cuando se acercaba al palpitar de la sangre caliente de las mascotas de sus amigas, fuesen hámsters, ratones, conejillos de Indias, o los gatos que se colaban entre las piernas mientras merendábamos. Sin embargo, le cogió cariño a Dana.

La verdad es que ésta parecía distinguirla. Venía a recibirla cuando llevaba a la casa, a pasar el fin de semana, pero no se subía sin permiso, se quedaba esperando cerca, mirando expectante, hasta que Elena podía ir a jugar con ella. Perseguían juntas una pelota roja, pasándosela del húmedo y feo hocico de la perra a las manos de la niña. Salían al jardín cuando hacía buen tiempo y corrían detrás de las libélulas y las mariposas,  el tamaño de ambas no daba para más. Por la noche, cuando todos los primos se sentaban en el suelo del salón, a escuchar las historias de los mayores, Dana se acercaba a Elena y apoyaba la cabeza en su rodilla, ronroneando como un gatito cuando la niña la acariciaba detrás de las orejas.

Una mañana temprano, sus primos, los de Madrid, llegaron de visita. Con ellos llegó un enorme y precioso pastor alemán al que todos hacían carantoñas, pues el suave pelo de Thor parecía pedir caricias. Cuando Elena bajó de la habitación para desayunar, se encontró a todos rodeando al recién llegado y a sus dueños, formando bulliciosa algarabía en la gran cocina de la casa de pueblo.

-Mamá, ¿dónde está Dana? -me preguntó.

-¿Por qué quieres a esa perra tonta? -replicó su primo Manuel, tres años mayor que ella-. Thor es mucho más bonito.

Elena no hizo caso y salió a buscar a su amiga. Dana estaba acurrucada en el último peldaño de la escalera que llevaba al piso superior donde estaban los dormitorios, observando con ojos rojos al bello suplantador que se dejaba adorar por todos los humanos. Cuando la propietaria de la casa rascó a Thor detrás de las orejas, y éste echó la cabeza hacia trás en un gesto de puro placer, Dana gruñó. ¡Esa era su caricia! No pareció darse cuenta cuando se le acercó Elena. La niña se sentó a su lado, esperando para jugar con ella, pero Dana no hizo ningún gesto. Nosotros seguimos hablando con los de Madrid y haciendo carantoñas a Thor, que miraba hierático, dejándose querer. Elena se quedó fuera, sentada en la escalera, cerca de la fea bola de pelo marrón que era Dana. 

-Ven aquí, Elena, a conocer a Thor –le dijeron los primos de Madrid.

-Esperad, ahora no. Dana está sola. –negó con la cabeza, sacudiendo sus trenzas, muy serios sus ojos de cinco años. Estiró el brazo para acariciar la cabeza de la perra.

Se escuchó la risa burlona de los otros niños, a quienes parecía grotesca la pareja que formaban la bola de sebo peluda de Dana y la delicada niña pelirroja. Los adultos sonreíamos indulgentes, a la vez que nos preguntábamos de dónde había surgido semejante empatía. Sin prestarle mucha atención, seguimos charlando hasta que, de pronto, oímos un aullido agudo.

Corrimos hacia la escalera.

Elena se había puesto de pie de un salto, Dana enseñaba los dientes, Elena se sujetaba la mano hinchada y roja, con una tristeza infinita en sus ojos oscuros.


Si hay una moraleja en esta historia, es que siempre herimos a los que tenemos más cerca, y cuando hablo de cercanía no hablo de distancia en kilómetros sino en cariño.

2 comentarios:

  1. A veces lo que etiquetamos como una traición puede no serlo. Valdría la pena saber, antes de acusarla de traidora, por qué la mordió. Al fin y al cabo, cuando un perro muerde a alguien a quien quiere, suele ser porque ha tenido realmente un motivo para hacerlo, aunque a simple vista no nos demos cuenta.

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  2. Este no tenía ningún motivo, estaba celosa de thor y la cargó con quien la tenía más cerca.
    No hay que buscar segundas intenciones en lo que escribo.

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