Este verano he recuperado el placer de viajar en tren. Dinamarca es el país ideal para esto, y da igual que sea L, S, regional o el sneltrein sueco que conecta Mälmo con Estocolmo. Es algo que se puede esperar con ganas, y da igual lo que tarde el viaje, porque te da la oportunidad de ver otra parte del país que no suele salir en las guías turísticas. En el tren tengo la oportunidad de leer seguido hasta que llega a la estación de destino, lo cual permite practicar el oído con un idioma nuevo al menos para identificar el nombre deseado. En el S no hay problema porque cada vagón tiene una pantalla con los nombres de todas las estaciones subrayados por una línea de puntos que se va haciendo más corta a medida que avanza en el sentido de la circulación, y van pasando estaciones. En los regionales y de alta velocidad no he visto esa posibilidad, así que hay que estar atenta, aunque no hay tantas paradas. En el tren a Odense me puse nerviosa y todo porque ya estábamos cambiando de isla cuando me di cuenta que el tren "sobrevolaba" el mar entre Zealand y Funen. El campo de Zealand es tan llano y verde y homogéneo como lo describe Karen Blixen en "Cuentos de invierno".
Los viajes más largos que he hecho estos meses fueron Odense y Estocolmo, en asientos con mesa asociada, que te permite tiempo para leer, escribir, reflexionar sobre el paisaje que atraviesas, como dice Donna León del trayecto de Zurich a Venecia, "lo único que hay es la oportunidad de leer sin más interrupción que mi imaginación". Salvo las distracciones de los otros pasajeros, como una joven con un niño pequeño, ambos rubios casi blancos, una chica con aire de hippie haciendo punto, un vikingo de barba casi pelirroja y tez morena que te cuenta la aventura que acaba de vivir con su amigo, dando la vuelta a la isla en bicicleta, e invitándote a ir a la próxima ocasión... si cambias la swapfiets por una bicicleta decente, claro.
Así como Donna León inventa lo que haría si el tren se detuviese en medio del túnel entre Suiza e Italia, yo invento lo que pasaría si me bajase detrás de los conocidos que hago en los viajes en tren, o ellos detrás de mí. En los túneles entre Estocolmo y Mälmo al anochecer que me persigue desde el norte, sí que fantaseé con esa posibilidad, ¿cuánto duraría el té sueco y las galletas que llevaba, querrían los compañeros de vagón compartirlas o preferirían la cafetería del tren, como los "montañeros" de los grupos de España? Por cierto, en España, viajar en tren tiene el aliciente de oír las noticias de los atascos de la carretera mientras los que hemos elegido esta vía de transporte seguimos moviéndonos, si bien no tan rápido como otros trenes de Europa o del mundo, como podría hacerlo si se lo permitiesen, al menos en la dirección deseada. Te sientes poderosa por haber elegido este medio de locomoción.
De nuevo, de acuerdo con Donna León (Una historia propia, Donna León, capítulo 24 ):
Y hay una diferencia emocional y estética. La gente que viaja en avión suele estar de mal humor y tiene prisa; la gente que viaja en tren es paciente y está dispuesta a charlar. Los aeropuertos, seamos honestos, son centros comerciales donde todo, desde gafas de sol hasta pañales, se vende a precios mucho más caros de lo que pagaríamos fuera. Aunque me dicen que ver el despegue de un avión es bonito, no entiendo por qué es más bonito que cuando un autobús sale de la estación.
Finalmente el tren llega con facilidad a la estación principal, y sigues mecánicamente los gestos necesarios para llegar a casa. Las aventuras del viaje quedan en el viaje.


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